lunes, 14 de octubre de 2019

JAVIER, NO ERAS FEROZ



Articulo de J.Casallas en El Espectador



Hoy, un  tal Joseph Casallas
casi me hace salir
de mis  casillas.
Emocionales,
claro está.
Escribe que la historia
es injusta
y sentencia:
Javier Darío era feroz.




Cita, mal citado
como pontífice
del javierismo
y del reporterismo
a mi admirado
Coronell.
Y así leyendas cunden:
para ser buen reportero
tienes que ser feroz.

Tal vez no lo  conoció
 tal vez encuentra
que feroz es profundo
tal vez cree que buscar
investigar, analizar,
antes de ir a preguntar
equivale a ser feroz.

El Casallas de casillas
y palabras
trastocadas
también se equivoca.
¿Cómo lo sabes?
me preguntaría  él si
 lo conociera.
Por algo lo sé:
Porque el libro
 se cita tanto
porque la gente
-y no los jóvenes-
lo cita  demasiado 
sin leer a los demás.
(libros, claro está).

Su gracia no es
lo que Casillas cree,
una desgracia.
Porque se  escribió
a cuatro manos:
Dos por cada capítulo,
y luego  consensuados,
entre Javier
y la suscrita
en tertulias no olvidadas.
Y  por ser  ambos
tan distintos,
fue el mejor  ejemplo
de viva tolerancia.

No fue, como crees
"Un libro museo
y de prohibiciones".
Aprende, aprende,
Casillas  encasillado:
Nunca es tarde.










jueves, 10 de octubre de 2019

2023: UN AÑO MAS DE LA PARTIDA DE JAVIER DARÍO RESTREPO: REPORTERO DE LA VIDA*





                                                                  Foto Marisol Garzón


HOY,   6  DE  OCTUBRE,  SE CUMPLE UN  AÑO  MAS DE LA PARTIDA DE JAVIER  DARÍO RESTREPO Y  SIEMPRE ME PREGUNTO :¿QUÉ DIRÍA  JAVIER? CUANDO  OBSERVO EL DETERIORO DEL PAÍS, DEL PERIODISMO, DE LA ÉTICA, DE TANTOS TEMAS COMUNES QUE NOS UNIERON  DESDE ORILLAS TAN DIFERENTES DE PENSAMIENTO. 
SÉ QUE  PENSARÍA, CON  ESA TRANQUILA SERENIDAD QUE LO CARACTERIZABA:  NO PERDAMOS LA ESPERANZA,  REFLEXIONEMOS Y TRABAJEMOS CON ELLA. 

  
 "Javier Darío: los colombianos y latinoamericanos  que  tienen que ver  con  periodismo, religión y filosofía saben a quién me refiero- nunca  aspiraba  a un poder distinto del de  la palabra. 

 Por la manera como políticos y personajes utilizan la palabra, hay  sin embargo  que aclarar:  no es aquella palabra  que se desdobla en espectáculo, la parlanchina, mañosa, torticera, insultante, grosera, inapropiada, mentirosa.

Es la palabra  en su sentido más puro, bien sea oral o escrita: la palabra que  acierta  al describir la realidad, el adjetivo preciso que  define o consuela, el verbo que  muestra  en qué consiste la acción que se intenta  mostrar, su  esencia profunda y  exacta.  La palabra, de  tanta  precisión, que era inútil  insistir en reemplazarla  por otra sustituta, sin encontrarla.  Javier Darío  la encuentra sin buscarla en su sabiduría, desde la imagen, que lo  convierte en un gran reportero   audiovisual, pero también   por su manera de  ver  esa realidad y  traerla  de vuelta para que  transforme  al que observa, o lee, o escucha. Sin mirar el  diccionario etimológico como lo hago ahora,  él se referiría al  origen latino  de la palabra   reporterore (hacia  atrás) portare (llevar) y ero (oficio). Y esa palabra lo refleja en lo que todos  admirábamos:   su  substancia periodística, pero  también humana.

Por eso, partir de la realidad  desde la observación, al meterse  en ella   con ecuanimidad   y   devolverla a los que no saben o  han olvidado mirar,  fue  el gran acierto  de Javier Darío.  Mostrarla  desde  el camino  que hay que  seguir  para llegar  a la utopía, ese punto  al que hay  que encaminarse, aunque nunca se llegue  a él.  

Gran lector,  gran escritor

Aún para quienes  nos diferenciábamos en los enfoques, como  fue  mi caso  en   muchas ocasiones,

Javier Darío argumentaba con tanta claridad, que  a veces uno  hubiera  deseado  seguir su  mismo  camino de la utopía.   Otras  dos  características de   su personalidad y sustento de su ética  eran, desde luego, el  respeto por  el  Otro y  el enfoque  religioso  como  algo propio  y no transmisible sin el asentimiento  de ese Otro.  Javier  Darío  fue siempre  comprensivo  y prefería  comprender más que juzgar.  Por eso  nuestras  conversaciones  fueron tan  estimulantes y  por eso deja  una  huella imborrable entre  sus  innumerables  discípulos. Y, por supuesto, en  sus hijas María José y Gloria Inés,  su  nieto Emilio,  sus  hermanos. Inolvidable también la manera como acompañó  a su querida  esposa Gloria , fallecida  luego de una  dolorosa enfermedad.

 Su mesura, esa precisión en su lenguaje no eran  fortuitas.  Además de una  personalidad reflexiva, ese don  para transmitir y suscitar reflexiones tenía  múltiples  explicaciones.  Un  sentido  discreto pero  sonriente y acertado del humor; una calidez  reservada que  empezaba por prestarle atención a lo que decía su   interlocutor para de allí conversar; una ética  como estado  de ánimo,  expresión del Padre Pacho  de Roux que siempre nos pareció la definición  exacta de  lo que debía  ser la  ética.

Javier Darío no  solo   daba la impresión de ser una buena  persona, sino que lo era en  toda la  dimensión filosófica de su ser. Por  lo mismo, inspiró  respeto a quien lo conociera en cualquier circunstancia, escuchara sus conferencias, participara en sus talleres de la Fundación Nuevo Periodismo, o en la  elaboración de su querida  revista  Vida Nueva, en la que  lo religioso no le quitaba un ápice de rigor  metodológico.  

¿QUÉ ES  SER UNA “BUENA” PERSONA”? 
Desde mi   óptica   no religiosa, - o  cartesiana  como  siempre  calificaba   mi tendencia   a   buscar razones  y argumentos -  Javier Darío   se interesaba  ante por todo  el  “Otro”, uno de sus temas  preferidos,  que  tantas incomunicaciones y exclusiones produce.  De manera intuitiva o profunda, para  Javier Darío ese  Otro  era -y seguirá siendo en sus  escritos-  el ser humano   al que hay  que darle siempre  la oportunidad de  existir, de incluir, de  entender. 

Su bondad humana, no calculada, emanada de su propio ser, se explicaba de variadas maneras,  además de  saber siempre comportarse con  El Otro.  Una de ellas, su  formación  sacerdotal, que   nunca  renegó,  tuvo  una influencia  laica  en  su existencia. Le sirvió, por ejemplo, para mantener la disciplina intelectual,  o para entender el latín y el griego como lenguas madres,  buscar por eso mismo  en ellas  el  sentido originario de  las palabras como  un ejercicio  cotidiano.    En las conversaciones,  fueran  por carta, por teléfono o por almuerzos, siempre  aparecía   ese origen  como punto de partida  de   nuestras reflexiones.

Además de remontarse al origen de las palabras, y de no tener  ningún tema tabú, Javier sabía  llegar al  meollo de    las incertidumbres, mas allá de la comunicación rutinaria  y de las frases  de cajón.  Por eso, uno de los libros que más me hace  definirlo  es  “La  Niebla y la Brújula” , cuando  declara  haber  descubierto:



  "en los años dedicados al estudio y discusión sobre  la ética  con los   colegas del continente…un panorama  de neblinas como el que aparece  en los relatos de London o de Conrad, cuando sus protagonistas  se mueven  en la inmensidad y  la soledad de un mar en el que todo desaparece, envuelto entre los algodones de la neblina… los periodistas, como esos marinos, nos movemos la mayor parte del tiempo entre las neblinas de nuestras incertidumbres y dilemas éticos”.


La brújula es la ética, pero,  a mi modo de ver,  encarnada, ayer, hoy y mañana, en Javier Darío Restrepo".

(artículo del 6 de octubre 2019,  en  Opinar es Debatir  sin Pelear)


jueves, 26 de septiembre de 2019

¿QUÉ PREFIERE: ¿PUBLICIDAD O “INFORMACIÓN COMERCIAL”? (PARTE III)




Cuando la publicidad se traga la primera página... (Foto MTH)



Tranquilícese: no se trata de hacer uno de esos sondeos  a través de  los cuales un número cada vez mayor de medios de  comunicación están tratando de demostrar que  son capaces de medir nuestra opinión, cuando de lo que se trata es de dividir al mundo entre el si y el no, y en  este caso la publicidad o  la  información  comercial. Es decir,  con el resultado  de polarizar. 

Los grises, es decir  los que  no somos ni tan tan  ni muy muy, tendemos a desaparecer, y no voy a contribuir a nuestro entierro agregando un sondeo más, que algunos tienen el descaro de  llamar  encuestas.



No creo  tampoco  que, en el caso colombiano,  estemos  llegando -al menos en lo que a  consumo  se refiere-  a la sofisticación que, en  el caso de la política, llevó a Cambridge Analytica a  manipular  desde adentro la  voluntad de  los electores, llegando por algoritmos a  enviar los mensajes que  reforzarían en la mente de  cada individuo  población objetivo, su intención de   comprar o de votar. Quizás no estemos lejos.
https://www.youtube.com/watch?v=HVHKYXJq7qo

En todo caso, después de ver  ese muy recomendado y excelente documental transmitido  por Netflix, (Cambridge Analytica, en español “No hay vida privada” )  http://bit.ly/2m0wwa7   que sin duda debió  tomar mas de un año o dos para producirse, uno lamenta que  en Colombia ni el periodismo, ni  las universidades  ni   los medios de comunicación tradicionales  parecen  entender que la buena calidad  de los documentales  existe en potencia  y se puede  lograr.

Y dcspués de apasionarse por esa  la excelente  serie colombiana  La Frontera Verde,  dirigida, entre otros por Ciro Guerra  https://www.youtube.com/watch?v=WqNmSbd-p88  uno  concluye que, para los creativos, los canales tradicionales  no son una opción.

El asunto no es tanto de dinero como de criterio. Por ahora nos toca quedarnos  con un  un Bolívar (analizar su  guión y sus actores será otro  tema). Un Bolívar costosísimo,  no asesorado  por  la academia, en el que las toallas higiénicas  cortan  sin piedad  el hilo conductor  de la serie. Esto último, desde luego, sería  considerado  pecado  mortal  en  canales  canadienses, franceses o ingleses.

Pero a lo que  voy es a que  la obsesión por conseguir publicidad, como si la cantidad de  comerciales demostrara la calidad  de los contenidos, muestra las limitaciones culturales tanto de los anunciantes como de los dueños de canales.

 Poco a poco vamos  llegando a la  gran pregunta: Así como  la mayoría de los medios de comunicación  colombianos y su  periodismo se han quedado  en  su  mayoría (y salvo  excelentes excepciones) en  la pre-revolución mediática, ¿sucede lo mismo  con lo que se entiende por publicidad?

Hoy como ayer y probablemente  como mañana, la publicidad es la estrategia  de  aumentar el consumo  y/o la marca.  Pero, ¿qué pasa  cuando el  producto es el contenido y  el valor de ese ese contenido se ve  demeritado por la publicidad misma de  marcas  y productos?  Dicho de otro modo:  ¿termina la  publicidad de productos  aminorando la calidad de los contenidos?  Netflix  entendió el reto y por eso  no le interesan los avisos, lo que garantiza   su éxito comercial y marca la diferencia  con la posibilidad que tiene, por ejemplo, la televisión por cable , que además de los programas graba los comerciales, lo que afecta los  contenidos o/y obliga a pasar con rapidez  los comerciales sin beneficio para el contenido.

La  inversión en pauta publicitaria en internet ha sido fulgurante en los últimos años. No voy a citar cifras[1]  ni dejaré  caer   a Opinar Es Debatir  Sin Pelear   en la trampa de  incluir  publicidad porque  yo ya no   quiero ser millonaria. ¿Por qué trampa?   Por pensar que   lo que escribo es productivo   en  signos $...  para los demás.

En cambio, las preguntas que  sí debemos hacernos  tienen que ver con la manera “tradicional” de   entender  lo  publicitario frente  a  la revolución que ha significado internet:

Anunciantes y sus agencias:
¿Creen realmente  en el impacto de  su manera tradicional de  promover consumo?
¿Son creativas las agencias  de publicidad colombianas ( o extranjeras que se meten en nuestros medios) y  tienen sentido del  humor?
¿Creen que  para insertarse en el medio digital  es necesario  invadir  las pantallas?
¿Creen que  es   necesario y  productivo invadir  series  y, en general,   contenidos?    ¿Existen maneras de estimular  patrocinios?

PARA LOS MEDIOS DE COMUNICACION

¿Ante la crisis   que atraviesan tanto los medios  escritos  (papel) como los audiovisuales  y por ende  los  que producen sus contenidos, en este caso  el periodismo, la “solución” es saturar  páginas y programas? 
¿Creen   que  es  rentable   disfrazar a la publicidad  con el pomposo nombre de “información comercial”, de anular  el impacto de la primera página  periodística  en el caso  de la versión en papel? 
¿No es  hacerse un harakiri dándole prioridad a la envoltura que  opaca  la primera  página?
Conclusión: para los medios de comunicación y menos para los periodistas a  sueldo, la salida a sus problemas económicos no es  dejar  que la publicidad trague  sus contenidos.     Es más :  la publicidad  incrustada en   trabajos  creativos (  columnas,  reportajes , entrevistas  crónicas), sean  digitales,  audiovisuales  o en el  moribundo papel,   poco a poco le hacen perder  calidad a los contenidos.  

Lo mismo  ha  sucedido en Colombia  con series supuestamente históricas como  la ya mencionada, en las que  se corta  el hilo  con todo  tipo de publicidad. Es, en un caso como en el otro, una falta de respeto. Pero, además, tiene otra consecuencia   de la  que no se percatan  ni publicistas, ni agencias, ni  anunciantes, ni por supuesto, los  dueños : la pérdida de valor de los contenidos por más  calidad y esfuerzo de creatividad que tengan.

Sugerencia  para los anunciantes: unas sesiones de sicoanálisis comercial, a ver si cambian de perspectivas y  sacuden  sus  inconscientes colectivos de lo que creen es  nuestro país y la producción creativa  de contenidos.



[1]  Su mercé: tómese el trabajo de buscar por Internet los  estudios  que se han hecho al respecto. Y le sugerimos, para tener la versión completa,  leer a continuación, las dos primeras partes:  ¿Qué pasa con los medios de comunicación colombianos? (I); ¿Qué pasa con  el periodismo colombiano? (II)